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Casi tan antiguo como la humanidad, el queso forma parte de la dieta de muchos pueblos y civilizaciones. Sus orígenes parecen remontarse unos diez mil años atrás, cuando el hombre prehistórico domesticó los primeros animales y obtuvo de ellos la leche.

El queso ha recorrido un largo camino a través de los siglos y constituye una de las formas más primitivas de alimento elaborado. Sus lejanos orígenes –unos 10.000 años atrás, en la época neolítica- se apoyan en suposiciones, aunque existen referencias de este alimento en escritos de las más antiguas civilizaciones: un texto sumerio (3000 a.C.) ya cita más de veinte tipos de quesos blancos. Además, se han encontrado, en Europa y Egipto, antiquísimos utensilios empleados en su elaboración.

Probablemente, el queso surgió cuando el hombre domesticó los primeros animales: cabras y ovejas a las que pronto aprendió a ordeñar. Para conservar su leche, se utilizaban pellejos de animales y recipientes de cerámica o madera, por lo que es fácil suponer que ésta fermentaba con rapidez y se cortaba, sobre todo en épocas calurosas. El hombre prehistórico aprendió a aprovechar esta separación natural de la leche ácida en cuajada y suero: la cuajada se escurría, se daba forma y se secaba, obteniendo queso, un alimento sencillo y nutritivo.

También de forma casual, algún pastor debió de observar que el estómago de los corderos sacrificados conservaba restos de leche: el suero, una sustancia que pronto se emplearía en la elaboración del queso.